Crónica de viaje por la noche
Todo iba dentro del todo bien. Eran las siete de la tarde y ya había podido terminar el trabajo que debía entregar en dos días y ayudar a mi mamá con algunas de las tareas de la casa. Nos tomó un buen rato, y la espalda me dolía un poco de mover muebles; por más que le pedimos ayuda a mi hermano una y otra vez, él se negó porque limpiar «no era una de sus tareas». Me pregunto cuáles serán sus tareas, si yo siempre lo veo tirado en su cama frente a la computadora portátil. Pero estoy cansada de quejarme al respecto, porque como si fuera poco, mamá se pone de su parte. Así que decido tragarme mis comentarios e ir a mi pieza a cambiarme. Ya había elegido la ropa temprano para no tener una de mis típicas crisis de «qué me pongo», y avisé a mi amiga que a las ocho salía para su casa. Era viernes por la noche, y al fin, después de una semana desesperante, ibamos a salir a bailar un poco y dejar que el alcohol nos hiciera olvidar que se acercaban los exámenes, que el país no estaba precisamente en su mejor momento y que hacía dos semanas que a ella su novia la había dejado (aunque yo sabía que en algún momento de la madrugada íbamos a llorar por esas cosas, tan lejanas y tan cercanas al mismo tiempo).
Le di un beso a mi mamá, y salí. Dos cuadras hasta la parada de colectivos, 15 minutos de viaje y tres calles más hasta su casa. Salí a paso apurado, como siempre que salía sola (especialmente si estaba anocheciendo). Había muy poca gente en la calle, tan solo podía ver sombras y siluetas de jóvenes riendo, señoras volviendo del supermercado y parejas con cochecitos de bebés apurados por regresar a sus casas. Pero al llegar a la parada, ya no había nadie cerca. Me crucé de brazos por costumbre, apretandome la panza para calmar la ansiedad que me invadía al ver que no parecía aproximarse ningún colectivo.
Llegó un hombre a la parada y la ansiedad aumentó. No sabía si era una sensación (esa que te invade cuando estás sola a la noche con un desconocido) o si de verdad me estaba mirando de reojo, cada algunos minutos. El corazón me latía con fuerza mientras trataba de convencerme a mi misma de que estaba todo en mi cabeza, aunque al mismo tiempo me preguntaba para qué lado correr si era necesario.
Llegó el colectivo. Aún algo alterada subí, primero yo y luego él, a un vehículo atestado de aromas, caras cansadas y calor. Traté de ir lo más atrás posible,cerca de un grupo de chicas que parecían vestidas para ir a bailar, y pronto el viento que me golpeaba la cara desde la ventanilla me hizo olvidar aquellas desagradables sensaciones.
Toqué el timbre para bajar. Bajamos yo, un chico que aparentaba mi edad, una señora con bolsas de compras y el hombre de la parada. Los nervios que había olvidado pronto volvieron a sacudirme. «Está todo en mi mente», me dije. «Son sólo tres cuadras. Voy a estar bien». Saqué el celular del bolsillo del pantalón y tecleé a mi amiga lo más rápido que pude. «Estoy yendo», escribí, como para sentirme más tranquila, aunque no sé bien por qué.
— ¿Estás bien? — me preguntó cuando llegué.
Sin necesidad de verme al espejo, sabía que debía verme algo agitada, tal vez incluso pálida.
Aceleré el paso. Él también. Miré de reojo para asegurarme de que esos pasos que escuchaba atrás mío eran suyos, y de inmediato lo confirmé. El corazón me latía muy rápido, y empecé a trotar sin darme cuenta.
— Eh, que no te voy a hacer nada. — escuché que me digo con una voz seca, y un sudor frío me recorrió la espalda. — ¡Tranquila!
Pero que dijera eso me asustó aún más. «No me hables», pensé. «Por favor no me hables ni te acerques», pero no podía decírselo. Las palabras se me atoraban en la garganta.
— Estoy bien. — Le respondí a mi amiga, forzando una sonrisa. Y era cierto, después de todo, no me había pasado nada. — Están oscuras las calles. — dije con una risa nerviosa.
— Sí — contestó con una sonrisa. — Ahora pedimos remis para ir hasta allá.
Esa noche nos relajamos, bailamos, nos divertimos. Pero esa misma sensación de miedo e impotencia volvió a asaltarme cuando viajabamos juntas en el remis, cuando fuimos a esperar el colectivo a la vuelta, cuando caminé a las seis de la mañana esas dos cuadras hasta mi casa. No es justo, me parece. No es justo tener este miedo internalizado, esta sensación constante de que puede que no llegue, de que tal vez ese día no tengo suerte, de que quizá salí en mal momento, a una hora equivocada por el lugar equivocado. A veces me siento paranoica, loca. Que me da miedo cualquier cosa, que en realidad las calles no son tan peligrosas. Y puede que sea así: las calles no son el peligro. Lo peligroso es ser mujer. Es un factor de riesgo. Como si estuvieramos marcadas por alguna especie de maldición, como si hubiesemos hecho daño y ahora merecieramos castigo. Algunas encuentran su muerte caminando de regreso a casa, otras en su habitación en manos de alguien que alguna vez proclamó amarlas, y otras morimos, cada día y cada noche, cada vez que la voz de un locutor anuncia: «Otra joven desaparecida», o «Un nuevo caso de violencia de género», entre tantas otras cosas...
Estoy cansada de tener miedo.
Estoy harta de sentirme acorralada.
Quiero salir sin miedo.
Quiero poder caminar sin tener la sensación de que podrían estarme siguiendo.
Deseo libertad.
Sí, una libertad tan simple como la de caminar cuando quiera hacia cualquier lugar. ¿Es acaso mucho pedir?
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