¿Quién soy?

Cuando te preguntan quién sos, ¿qué podemos responder? Lo más fácil, lo más rápido, lo que aprendimos desde chiquites, es a decir nuestro nombre, quizá también nuestra edad y algunos de nuestros gustos. Pero, ¿es eso suficiente? Un nombre está vacío hasta que decidimos llenarlo de significado. Y ese significado se construye constantemente, desde que nacemos llorando como si acabara de pasarnos lo peor posible (y es probable, porque nacimos) o no lloramos y entonces estamos tranquilos (pero todos a nuestro al rededor están nerviosos, porque este niñe debe llorar, porque sino cómo sabremos que está vive), hasta que nos morimos (y una vez más al rededor nuestro todo es alboroto, o quizás silencio...demasiado silencio). ¿Existe un momento determinado en el que sepamos con toda seguridad quiénes somos? Puede que no, pero sí hay algo que podemos responder sin pestañear: quiénes no somos. Sé que no soy la misma persona que era cuando tenía cinco años, por ejemplo. En ciertos aspectos sé más cosas y en otros muchos menos. Ya no sé abrazar sin vergüenza a mi tío que viene a visitarme los fines de semanas. Ya no sé demostrar afecto sin pensármelo dos veces. Tampoco me acuerdo cómo era jugar durante horas con las muñecas, armándoles casas, vidas y problemas. No estoy segura de qué se sentía no tener preocupaciones, y ser totalmente inconsciente de todos los líos desarrollándose cerca mío. A veces quisiera recordarlo. Bastante seguido, en realidad. Tampoco soy quién era a los doce. Esa puberta machista (sin querer), que hacía comentarios que ahora me revuelven el estómago, como "qué puta" a la chica que tenía una pollera más corta que la mía. Era lo normal, era lo que decían todas. Pero lo normal pocas veces está bien. Y eso lo sé ahora. Me alegra ya no ser mi yo de 12 años (y saber que nunca más volveré a serlo). Pero no sólo estoy segura de que ya no soy quien era en el pasado. También sé que no soy quien voy a ser en el futuro. Aunque en este aspecto una no puede hacer mucho más que imaginar y divagar, en este momento sé que no sé bien cómo funciona el sistema de pasaportes para viajar al extranjero, qué personaje votaré para presidentx dentro de dos elecciones ni si voy a tener hijos; si serán propios o adoptados, o alquilaré un vientre ajeno o el mío a alguien más, si me haré inseminación artificial o no querré tener hijos nunca, si seré feliz con lo que sea que decida al respecto. Tampoco sé qué voy a comer cuando viva sola, porque hasta el agua caliente se me pasa. Sumado a esto, hay otra(s) persona(s) más que sé que no soy. Sé que no soy vos, que estás leyendo esto (y que por ende podrás haber pensado que todo lo que escribí hasta hora, más o menos en serio, son tonterías), y sé que no soy mi mamá ni mi papá, ni mis vecinos, ni mis amigos ni sus amigos, ni el presidente ni una abogada, ni un doctor de Cruz Roja ni una estrella de rock, ni el Papa ni una papa. Sé que soy algo diferente, alguien distinta, pero no sé qué es eso que me hace tan distinta. Por ahí tiene que ver con cómo se forman las facciones de mi cara, porque si bien alguien puede tener una nariz idéntica a la mía, sería muy raro que simultáneamente también tenga ojos, labios, dientes, cejas y hoyuelos idénticos a los míos. O por ahí tiene que ver con cómo me construyo y me deconstruyo todos los días, mientras todes les demás también se construyen y deconstruyen todos los días. Un poco a propósito y un poco sin darnos cuenta. Entonces, ¿quién soy? No soy siquiera la misma persona que empezó a escribir esto hace diez minutos. Y ¿saben qué? Amo ser eso.

Comentarios